24 nov. 2010

Un viaje en bicicleta.

Llegado este momento, ya no podemos seguir mirando a otro lado esquivando los desastres con los que convivimos y alimentando nuestras máquinas de destrucción natural. El planeta se está quejando y el problema es únicamente nuestro.

Nuestros desechos infectan y contaminan nuestros mares y ríos. Nuestras construcciones devastan bosques y transforman paisajes en artificios insostenibles. Nuestros cuerpos se convierten en inútiles ante cualquier insignificante virus con el que algunas poblaciones “salvajes” se enriquecen y fortalecen. Pero ¿quienes son los salvajes? El hombre, razón y estupidez de todas las cosas, desde Egipto, Grecia y Roma renacentista, luce su antropocentrismo sin mirar a su entorno natural. Pero es necesario entender el medio para actuar en él de manera específica, única, complementándolo para uso y disfrute no sólo del hombre, sino de toda la energía de la que sólo somos una ínfima parte. Y es que nuestras manifestaciones reticulares son el más fiel reflejo de nuestro poco entendimiento del medio.

Un joven de 80 años en bicicleta escalando un monte virgen refleja en su mirada un brillo que nunca comprenderán esos niños de Tokio, niños viejos que probablemente mueran sin hacer vibrar su eje conector con la naturaleza. El ángulo recto ha de terminar. Está influyendo en nuestras conductas, en nuestro subconsciente, nos limita y nos separa de las relaciones verdaderas. La naturaleza trata de erosionarlo pero no es suficiente. ¿Por qué la industria textil estudia el cuerpo y se adapta a él, y nuestras manifestaciones a una escala mayor se desentienden del medio?

Un billete en una cartera, una cartera en un cajón, un cajón en un armario, un armario en una habitación, una habitación en un edificio, y un edificio …